Una cafetería luminosa, amplia, de mesas cómodas de madera natural, un ambiente sosegado, un domingo de otoño por la mañana. El café, la tostada con tomate, no hay prisa. Disfruto de la lectura tranquila de la prensa. Mis ojos vagabundean de mesa en mesa, algunos han venido con su perro, atentos con el animal no molestan, el perro tampoco.

Desde hace un rato me resisto a finalizar la lectura de un artículo, interesante pero otro artículo que nos habla de la “peligrosidad de la exposición de nuestra vida privada en las redes sociales”. En algún momento el artículo advierte a los lectores que sería interesante que los niños no accedan a dispositivos smartphone hasta los 11 o 12 años de edad. Mis ojos escudriñan alrededor, la verdad es que todos disponemos de conexión WiFi, un detalle por parte de la dirección de la cafetería, otros simplemente con la tarifa plana del móvil pueden disfrutar de conexión 4G en su dispositivo y lo hacen, solos.

Acaba de entrar una pareja con su hijo menor de un año. Ellos son jóvenes, el padre acomoda al nene estratégicamente en un banco sin poder salir, él a un lado  y enfrente la mamá, apartan el cochecito para que no moleste el deambular necesario del camarero. Me parecen realmente una familia encantadora, vuelvo a la lectura y pienso en mi entorno, comparto absolutamente que hay que esperar a poseer más madurez para poder entender el riesgo de exponer en las redes sociales toda tu intimidad – lo del sexting mejor lo hablamos en otro momento-.

Vuelvo a dejar que mis ojos hagan otro recorrido.  Un sonido  me indica que google pide que valore el local en el que me encuentro….. me perturba la solicitud… alguien desconocido sabe que estoy aquí, me pregunta que opino del lugar, que si subo una foto del sitio….. Comentamos que realmente la intromisión ratifica lo que acaban de advertirme en el artículo. Quito el sonido, lo dejo sobre le banco y lo tapo con mi abrigo.

Aquella familia, atenta, cuidadora, pendiente de los demás, está haciendo algo que no logro comprender, ambos adultos están con sus smartphone, no interactúan entre ellos y al nene le apartan las manitas de sus dispositivos, porque no pueden escribir o tocar la pantalla o lo que demonios hagan. El nene va de uno a otro sobre el banco, buscando que le presten atención. Su mirada y la mía se cruzan, sonríe, sus padres sueltan una especie de risa, pienso, menos mal ya se han dado cuenta que su hijo necesita que le “vean”. Les miro, no, no se han enterado de nada, están riendo hacia la pantalla de sus dispositivos, el niño retoma el deambular de un lado a otro, mismo resultado.

Me acomodo el abrigo, subo el cuello, me giro y sonrío al nene, sigue solo, sus padres también, él lo sabe ellos no.

2 comentarios en “Desconexión “net”

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