La Lluvia

He recorrido ese paseo que hacíamos, me ha gustado. Sentí miedo antes de empezar, nunca sé lo que puedo ser capaz de soportar. Casi siempre me sorprendo, casi siempre. Ya no podía retrasarlo más, las vacaciones finalizaban, imposible demorarlo y sí, tenía que cumplir con la palabra que me había dado.

Dejé que nuestro pasado me acompañara todo el trayecto, mientras mis pensamientos vagaban libremente. Cuando la emoción me embargó conseguí aquietarla respirando despacio, atenta el sonido de mis pies al caminar por los tramos de graba, de arena o en el cálido asfalto. Junto a mi sombra permití que se dibujara la tuya, recreé tu mano guarecida en el mía.

Caminé sin rumbo, sin prisa, ya sola.

Seguí pensando en como retomar el relato que había dejado a medias en el portátil, una gota de lluvia chocó en mi mano, su olor característico me trajo al presente, descubrí que no me importaba mojarme, continué con el paseo, sé que tu también lo habrías hecho, sonrío.

Ya cerca de casa, calada, me senté en el banco de la esquina, sin poder evitarlo comencé a reír desconsoladamente. Una vecina pertrechada tras un paraguas se acercó: 

– ¿Te encuentras bien? sus ojos traslucían dolor también. Sonrió.

– Mejor que bien. 

Juntas bajo el paraguas caminamos hacia el portal, ambas, desconsoladamente, reímos.

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